La Boletina. Edición No. 100

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Juan vive junto a su familia en el Barrio Jorge Dimitrov, uno de los barrios más convulsionados de Managua por sus altos índices de violencia entre grupos juveniles, la violencia intrafamiliar, pobreza y exclusión. Él participa desde hace 5 años en este grupo comunitario promovido por el Centro Cultural Batahola Norte con el que promueven una cultura de no violencia, es decir, una cultura de paz que permita el bienestar de toda la comunidad.

 

 

 

 

praca chałupnicza w domu katowice ¿Qué es una cultura de paz?

Cuando hablamos de cultura de paz nos referimos al conjunto de actitudes, comportamientos y valores que promueven la resolución pacífica de conflictos y la construcción de relaciones justas y democráticas entre las personas para lograr una convivencia libre y segura. Por ejemplo, arreglar las diferencias que tenemos con un vecino mediante el diálogo, hablar con la pareja de nuestras frustaciones o de cómo nos sentimos en vez de tratarla mal, son ejemplos de cultura de paz.

“La verdad lo que quiero es hacer un cambio conmigo y también compartirlo, que dejemos atrás la violencia, el ser agresivo”, nos dice Juan al expresar sus razones para ser parte de este grupo. “Algunos piensan que eso de talleres y charlas es solo para mujeres, pero no, también tiene que ver con nosotros los hombres porque el índice de violencia contra las mujeres es alto y somos nosotros los que la hacemos en la comunidad, en la familia, así que nosotros tenemos que cambiar”, nos dice bien seguro de sus palabras.

La preocupación de Juan porque otros hombres reflexionen sobre la violencia que practican, es porque sabe que es cometida en su mayoría por hombres. Esta no es una situación únicamente del Barrio Dimitrov o de Managua, sino de otras comunidades tanto urbanas como rurales en todo el país porque está relacionada con las formas tradicionales de ser hombres. En Nicaragua, los informes que la Policía Nacional publica todos los años confirman que los robos, violaciones, agresiones, asesinatos y otros delitos como el maltrato físico y sicológico, son cometidos principalmente por hombres.

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Un estudio nacional sobre la violencia realizado en 2014 por el Centro de Análisis Sociocultural de la Universidad Centroamericana de Nicaragua, UCA, señala que la forma tradicional de masculinidad, es decir de ser hombre, enseña que los conflictos entre hombres deben resolverse de manera violenta, provocando situaciones de agresión y maltrato físico. También promueve que los hombres deben tener el control sobre las mujeres en la pareja, la familia y el trabajo, lo que causa mucha violencia sexual y sicológica contra ellas.

Por si fuera poco, esta forma de ser hombre promueve la violencia de los hombres hacia sí mismos al tener comportamientos de riesgo que atentan contra su seguridad solo para demostrar que no tienen miedo. Por ejemplo, participar en peleas, tomar alcohol en grandes cantidades y conducir a exceso de velocidad.

Pero esto no quiere decir que solo los hombres sean violentos o que todos seamos agresivos por naturaleza. La violencia es algo cultural, se aprende, está presente en todo nuestro entorno, mediante valores, comportamientos y actitudes que promueven el conflicto y el poder sobre las demás personas. Afecta a la familia porque la desquebraja, a la comunidad porque la empobrece aún más y a nosotros mismos porque nos hace hombres infelices, por eso superarla requiere que cambiemos nosotros y esforzarnos por cambiar nuestro entorno por uno más pacífico.

 

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A Juan tomar conciencia de esto lo hizo cuestionarse la forma en que aprendió a ser hombre desde la violencia. “La verdad es que al ir compartiendo experiencias con otros uno va viendo sus errores en contra de la esposa, los hijos, la comunidad e incluso con uno mismo y se da cuenta que estaba equivocado. Porque uno pensaba que porque es el hombre tiene que dominar y la verdad no es así”, reflexiona.

 

 

 

Leonardo Pérez tiene 17 años, es estudiante y miembro del grupo Hijas de la Luna, también participa en espacios de reflexión con otros jóvenes y nos dice: “La violencia machista se ha visto como normal y eso causa impacto en la sociedad porque atenta contra la integridad de la mujer y de otros hombres. No te permite convivir tranquilo con los demás ni con vos mismo. La violencia del machismo no ayuda en nada”.

Como afirman Juan y Leonardo, creer que podemos conseguir y resolver todo usando la fuerza, no nos vuelve poderosos como se cree normalmente, sino que pone en riesgo nuestras relaciones con las demás personas. Incluso nos puede exponer a situaciones peligrosas porque como dice el dicho “la violencia solo engendra violencia”, es decir que la reproduce. Por eso, si ejercemos violencia contra otras personas, es más probable que estas reaccionen de la misma forma contra nosotros.

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Muchos hombres se resisten a cambiar pues consideran que renunciar a la violencia y a la fuerza para resolver las cosas, es igual a verse como una persona débil y según el modelo falso de ser hombre, la debilidad está prohibida. Ese miedo a parecer personas débiles se debe en realidad a la posibilidad de enfrentarnos a la violencia de otros hombres mediante burlas, críticas o agresiones.

Sin embargo, Juan y Leonardo dicen que son muchos más los beneficios que obtenemos al ser hombres de una forma no violenta. “Siempre hay críticas, burlas, pero no comportarme de la misma forma me ha ayudado a mi crecimiento personal. No señalar ni violentar a los demás me hace concentrarme en cosas más productivas y más agradables, así tengo mejores relaciones con la gente. Si alguien es violento más bien yo lo motivo a que conozca esa oportunidad de otra forma de ser hombre”, nos dice Juan.

اسعار الأسهم Vivir lo más sano y tranquilo es algo que te cambia bastante, así uno se evita muchas cosas. Mi objetivo es tratar de compartir con otros lo poco que yo he aprendido, transmitírselo a otro para que viva más feliz en la familia, en la comunidad sin violencia, sin maltrato”, reflexiona Juan.

“Sinceramente, no soy perfecto, pero siento que he cambiado bastante. Ya no soy el mismo de antes que era más agresivo, ahora reflexiono, pienso en mi esposa, pienso en mis hijos. Cuando uno quiere cambiar con la esposa, con la familia, con la comunidad se está mejor, se sienten mejor todos y uno sobre todo porque ha hecho ese cambio” finaliza Juan.

 

 

 

 

 

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Adoptar esa cultura de paz a nuestra vida y a nuestras relaciones como hombres implica concentrarnos en lo positivo, en las cosas que tenemos en común con las demás personas y negociar mediante el diálogo aquellas en las que no estemos de acuerdo. Incluye reflexionar qué es lo mejor para nosotros y para las otras personas sin querer tomar ventaja de ellas.

Transformar la cultura de violencia en una cultura de paz depende de todos y todas, pero sobre todo de los hombres porque somos quienes más ejercemos violencia. Escojamos el diálogo antes que la fuerza para resolver nuestras diferencias, compartamos con otros nuestras reflexiones sobre una cultura de paz y una nueva forma de ser hombre. Aliémonos con otros miembros de nuestra familia y comunidad y denunciemos la violencia. Si construir una cultura de paz es nuestra responsabilidad, entonces empecemos cada uno por nuestro ladrillo.

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